reseñas

Sociológica, año 31, número 89, pp. 231-241

Septiembre-diciembre de 2016

Sistemas de protesta. Esbozo de
un modelo no accionalista para el
estudio de los movimientos sociales
,
de Marco Estrada Saavedra*

por Edgar Guerra**

 

Los movimientos sociales constituyen un gran campo de investigación académica. De ahí, la enorme cantidad de estudios empíricos sobre tan distintos y diversos casos como la “noche de Tlatelolco”, el Movimiento Urbano Popular, las movilizaciones electorales sexenales e, incluso, los recientes movimientos de protesta que han surgido en el contexto de la guerra contra las drogas. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurre en el mundo académico anglosajón, en México es todavía magro el acervo de textos teóricos sistemáticos para interpretar la protesta social. De manera opuesta a lo que ocurre en Estados Unidos y Europa, aquí la riqueza teórica no es tan robusta.

Es en este contexto en el que la obra Sistemas de protesta. Esbozo de un modelo no accionalista para el estudio de los movimientos sociales, de Marco Estrada Saavedra, viene a contribuir de forma determinante en el trabajo teórico del campo.

Este primer volumen, de dos, muestra varias virtudes, de las que sólo mencionaré un par. Por un lado, es una aportación teórica sistemática al estudio de los movimientos sociales que, desde mi punto de vista, constituye un quiebre teórico hasta lo hoy hecho. Y por otro, representa una de las más originales y complejas aportaciones desde la academia mexicana. Una afirmación que hago con cierta incomodidad porque estoy convencido de que un sistema científico no debe adjetivarse, y mucho menos con calificativos de tipo nacionalista los cuales son, finalmente, distinciones políticas. Pero abundemos en las aportaciones de este libro.

 

 

La cabeza de Medusa

 

Una breve mirada a la rica variedad de perspectivas teóricas sobre los movimientos sociales existentes en el mercado académico nos obliga a preguntarnos en qué sentido este libro aporta y, más aún, rompe con la tradición académica. Para lograr tal objetivo, el teórico debe llevar a cabo un trabajo previo de sistematización, crítica y análisis de las teorías clásicas y contemporáneas. Es decir, como primer paso requiere hacerse de una imagen clara del panorama intelectual de su campo, antes de iniciar la crítica y el giro teórico.

Cabe señalar que esta tarea se ha realizado de manera recurrente como parte de la misma lógica de la ciencia; los académicos de la línea de investigación de los movimientos sociales han dedicado muchos esfuerzos para estudiar y reformular las distintas tradiciones teóricas que imperan en el campo. En este sentido, han mencionado las debilidades de aquéllas y han buscado reformularlas en modelos y marcos teóricos más complejos.

De igual manera, el libro de Marco Estrada realiza este ejercicio como parte de su procedimiento metodológico de construcción de una propuesta teórica alternativa. A pesar de la diversidad y número de teorías sobre los movimientos sociales (que, a primera vista, constituyen una verdadera cabeza de Medusa, rebosante de tendencias, escuelas, metodologías, teorías de medio rango y teorías generales de la sociedad), el autor logra sintetizar diversas tradiciones en un esquema interpretativo que le permite entender las convergencias, las divergencias y, por supuesto, las insuficiencias. No es ésta, debo decir, una tarea fácil. Incluso para algunos observadores tal procedimiento podría resultar hasta arriesgado. La razón es sencilla: sistematizar implica clasificar y la clasificación, a veces, deriva en simplificación.

En efecto, desde el punto de observación del autor, su crítica a las teorías de los movimientos sociales parte de la deconstrucción de dos grandes paradigmas –en el sentido clásico del término. Primero, delinea un gran campo de modelos y teorías accionalistas que operan con un concepto de razón estratégica e instrumental. Aquí, son subsumidas las teorías de movilización de recursos y del proceso político. Mientras que, en el segundo modelo se colocan las propuestas teóricas de los nuevos movimientos sociales, el paradigma de la identidad y los marcos constructivistas. Todos estos agrupados en torno a un modelo culturalista de racionalidad.

A partir de esta clasificación, pareciera que la metáfora de la Medusa es inválida. Incluso podríamos pensar que en el fondo no son muchos las teorías y modelos existentes. Al menos no tantos como parecían ser, ya que todo se reduce a tan sólo dos paradigmas.

Sin embargo, si bien la síntesis que realiza Estrada Saavedra es demasiado arriesgada (por apretada), en el fondo resulta suficiente para la crítica sistemática que elabora. Esto porque observa las teorías clásicas y contemporáneas sobre los movimientos sociales con un instrumento teórico lo suficientemente potente para identificar el punto ciego de dichos modelos. En efecto, el autor hace uso de la teoría de los sistemas sociales de Niklas Luhmann para deconstruir el paradigma accionalista que sustenta las “teorías convencionales” de los movimientos sociales y para reconstruir desde una perspectiva sistémica los principales hallazgos teóricos que aquel modelo ha arrojado. Es así como a pesar de la pluralidad y la diversidad actuales, para elaborar la crítica de todas las concepciones teórico-metodológicas clásicas y contemporáneas sobre las protestas comienza deconstruyendo su denominador común: su fundamento accionalista.

Ahora bien, deconstruir implica reconstruir. Y esto Marco Estrada Saavedra lo sabe muy bien. Irse contra los fundamentos de las “teorías convencionales” no necesariamente deriva en rechazar sus hallazgos, la evidencia y las propuestas conceptuales y analíticas, sino que también implica sopesarlas, y pensar hasta qué punto se pueden integrar en el nuevo paradigma y, sobre todo, cómo hacerlo. En este sentido, el autor ha ensayado el camino desde dos vías paralelas, pero ricas en vasos comunicantes.

Por un lado, su trabajo empírico le ha permitido ponderar la utilidad de aquellas herramientas heurísticas que, desde las teorías convencionales, se han construido y refinado a lo largo del proceso científico. Por ejemplo, los recursos con que cuentan los movimientos y las distintas formas de movilizarlos; el lento proceso de construcción de las demandas y la forma en que se presentan ante la opinión pública; el difícil camino de construcción de identidades y las singularidades de los repertorios de acción, son dimensiones de la protesta social que deben ser reintegradas en cualquier marco analítico. Estos recursos heurísticos se han hecho presentes en todos los movimientos de protesta que Estrada Saavedra ha trabajado, como el zapatismo, la appo o el movimiento #YoSoy132.

Por otro lado, el autor ya había ensayado una reformulación de las teorías sobre los movimientos sociales, pero lo había hecho desde una perspectiva accionalista, haciendo uso de un paradigma más robusto de acción: la teoría de la acción comunicativa de Jürgen Habermas. En su texto Participación política y actores colectivos (1995, Universidad Iberoamericana-Plaza y Valdés, México), Marco Estrada muestra cómo el tipo de racionalidad inherente a las teorías de la movilización de recursos y del proceso político (una racionalidad estratégico-instrumental) era perfectamente compatible con el tipo de racionalidad que subyace a los paradigmas constructivistas y enfocados a la identidad (racionalidad normativa). Ambos tipos de racionalidad cabían dentro del concepto de acción comunicativa y permitían delinear un contorno teórico para estudiar los movimientos sociales desde una perspectiva más comprehensiva. Al mismo tiempo, en esa propuesta el autor sugería que proceder de esta manera permitía enmarcar a los movimientos sociales dentro de una teoría general de la sociedad moderna y sus patologías.

Sin embargo, a pesar del esfuerzo teórico de ese primer trabajo, Estrada Saavedra concluye que desde la teoría de la acción comunicativa de Habermas se cometían dos errores: por un lado, se adoptaban principios normativos que derivaban en una visión maniquea y simplista de la política y los movimientos sociales. En efecto, los movimientos sociales aparecían, desde ese modelo, como formaciones sociales que enarbolaban principios libertarios y eran portadores de la razón, mientras que la política y el mercado personificarían mecanismos de dominación y explotación que colonizan los mundos de vida comunitarios. Por otro lado, al adoptar los principios teóricos del modelo habermasiano se perdía capacidad analítica para observar la complejidad interna de los movimientos y describir los múltiples procesos de diferenciación que ocurren en su seno. De ahí que, concluye el autor, continuar por esa senda tenía un precio, mismo que era “aceptar una mirada muy reducida y unilateral de la protesta y movilización sociales –mirada contestada en los hechos por la realidad de los movimientos sociales” (p. 54).

Considero, junto con el autor, que los problemas conceptuales y metodológicos que resultan en las “teorías convencionales” sobre los movimientos sociales se originan en los presupuestos accionalistas de estas teorías y que, por su naturaleza, son insuficientes para aprehender la complejidad del fenómeno estudiado. De ahí que no sea casual, tal como afirma Melucci –otro gran crítico de estas “teorías convencionales” – que los conceptos de “actor colectivo” y “movimiento social” generen imágenes equivocadas y, hasta ingenuas, de estos fenómenos sociales, ya que la mayoría de las veces evocan la percepción de que el investigador se enfrenta a actores homogéneos, que se construyen alrededor de metas, objetivos e identidades similares, dejando de lado, en cualquier análisis, la complejidad y diversidad interna que en un momento particular presentan las protestas, al tiempo que se descomplejiza la riqueza y la contingencia de su historia.

Por lo tanto, una vez que se ha tratado de reformular a los modelos de los movimientos sociales desde una teoría general de la acción, con resultados no satisfactorios, el paso necesario era hacerlo desde una perspectiva sistémica. Sin embargo, esta tarea debía realizarse partiendo de la crítica a los fundamentos y supuestos que sostiene el paradigma de la acción. Por ende, en el libro que aquí se reseña, el autor cuestiona, con detenimiento, los supuestos ontológicos y epistemológicos de esas teorías, lo que le lleva a encontrar suficientes sobreentendidos y ambigüedades como para criticar la coherencia interna, así como los límites explicativos de todo el paradigma accionalista. De ahí que en este primer tomo, Estrada Saavedra revise los principales supuestos de estos modelos accionalistas; mismos que se pueden formular de la siguiente manera: 1) el individualismo metodológico que les subyace, incluso en aquellos modelos constructivistas que se apartan de la noción de racionalidad estratégica e instrumental; 2) el supuesto ontológico acerca del vínculo indisoluble entre la acción y el actor; 3) la recomendación metodológica, casi imperativa, de ubicar en la acción la base del análisis científico; 4) la reivindicación del papel constructor del actor en la constitución de la sociedad; 5) y, finalmente, la creencia en la capacidad de los actores de constituirse a sí mismos como individuos autónomos.

En general, en la primera parte de su libro, Marco Estrada Saavedra hace un recorrido teórico para mostrar cómo la sociología ha absorbido y se ha reapropiado del modelo de acción social. En este sentido, desmenuza la serie de aporías y ambigüedades que la impronta metafísica de la filosofía del sujeto dejó indeleble en las diferentes sociologías de la acción y, por supuesto, en las teorías sobre los movimientos sociales. Posteriormente, elabora una crítica a la noción de la subjetividad del actor y, sobre todo, del modelo teleológico que le subyace. De esta manera, concluye que es necesario formular una reapropiación sistémica de los paradigmas de la estrategia y la identidad. Por todo esto, el autor propone un cambio de paradigma; un cambio de lenguaje y de gramática para transitar al entendimiento de los movimientos sociales como sistemas de protesta.

 

 

Sistemas de protesta

 

En la segunda parte de la obra, el autor enmarca lo que será su modelo sistémico de la protesta social, dentro de la teoría de la sociedad funcionalmente diferenciada de Luhmann. Esta última, un constructo teórico en el que la complejidad y la contingencia se confabulan para generar riesgo y miedo, detonantes de muchos de los movimientos sociales contemporáneos. Además, abreva en la teoría luhmanniana porque ésta ofrece un marco analítico para observar una enorme variedad de movimientos que, sin duda, sería difícil interpretar si hacemos uso de los esquemas convencionales, como aquella distinción teórica entre “nuevos” y “viejos movimientos”.

Por otro lado, en esta parte también se ofrece el esbozo de un modelo de los sistemas de protesta que es por demás sugerente. En efecto, la propuesta del autor presenta herramientas para observar, de manera distinta a lo usual, la vasta complejidad interna y las dinámicas que ocurren dentro de la protesta social. Estrada Saavedra muestra los distintos niveles de la realidad que ocurren dentro de los movimientos sociales como, por ejemplo, el nivel de las interacciones cotidianas o nivel micro; el nivel meso, que corresponde a los procesos organizativos; o el nivel macro, que resulta fundamental para entender los constantes cambios de ruta de dichos movimientos, es decir, sus acoplamientos con el sistema político, el sistema legal, el mercado o, incluso, con los medios de masas.

Para entender en qué sentido la propuesta del autor constituye un “giro teórico” conviene señalar, a manera de resumen, dos de las características distintivas del modelo de los sistemas de protesta. Por un lado, los movimientos sociales no se componen de hombres concretos, ni de sus acciones y mucho menos de sus relaciones, sino de un sistema de comunicaciones orientado al conflicto. Un punto de partida que, sin duda, genera polémica, sobre todo si lo observamos desde los supuestos ontológicos del paradigma accionalista. Por otro lado, rechaza las supuestas características normativas de la acción colectiva. Su argumento es que este tipo de discusiones corresponden al ámbito de la política y no de la ciencia. En este sentido, los movimientos sociales, entendidos como sistemas de protesta, dejan a un lado su ropaje libertario y de justicia social y devienen en lo que son: sistemas de comunicación con rendimientos sociales, y también con requerimientos de insumos.

Como se observa, ambas propuestas tienen fuertes raíces en la crítica al paradigma filosófico de la modernidad. No sólo se sepulta al sujeto, sino que se le expropia de toda agencia y capacidad de construcción crítica. Evidentemente, esto genera malestar desde una perspectiva teórica que aún apueste a construir un modelo teórico capaz de dar cuenta de “las patologías de la sociedad moderna”, como en el caso de Habermas. Sin embargo, siguiendo a Luhmann, Estrada Saavedra argumenta que si bien los movimientos de protesta son un producto de la sociedad, se movilizan dentro de la sociedad y contra la sociedad, en realidad no representan ningún punto de observación cualitativamente distinto al de otros puntos de observación. Es decir, representan un sistema observante más, entre los múltiples sistemas observantes que constituyen a la sociedad moderna. De esta forma, la teoría de los sistemas sociales tiene como principal rendimiento para el estudio de la protesta social liberar a este tipo de formaciones sociales de teleologías o filosofías de la historia (como la búsqueda de autonomía o la democratización), por lo que resulta mucho más claro entender los efectos paradójicos de la protesta que, desafiando a un régimen autoritario, genera nuevas relaciones de dominación.

En síntesis, el modelo del sistema de protesta para el estudio de los movimientos sociales que presenta Marco Estrada no desconoce, de ninguna manera, los aportes valiosos y fundamentales de la tradición teórica. A semejanza de Talcott Parsons, postula una “tesis de la convergencia” entre las diversas perspectivas teóricas con el fin de contribuir a la construcción de una teoría general de los movimientos sociales. Esta convergencia supone, como ya se mencionó, primero, una apropiación de conceptos y dimensiones de análisis de otras teorías y, segundo, su traducción en términos sistémicos, de acuerdo con la idea de cambio radical de paradigma de la sociedad que propone el esquema luhmanniano.

¿Cuáles serían las posibles ganancias teóricas de este cambio de paradigma? Primero, la oportunidad de tener una teoría general y no un conjunto de teorías sobre los movimientos sociales. Segundo, poder estudiar el fenómeno ubicándolo, a la par y complementariamente, en contextos micro (interacción), meso (organización) y macro (sociedad). Tercero, al entender los movimientos como sistemas de protesta, se les libera de cualquier teleología, así como también de alguna jerarquía organizacional interna o de la impronta de fines predeterminados (por ejemplo, la recreación de una identidad colectiva, la obtención de bienes colectivos o su reconocimiento como actores legítimos en la polity). Cuarto, en vista de la globalización de algunos movimientos sociales (los llamados “altermundistas”), la teoría de los sistemas sociales ofrece mejores herramientas conceptuales que las teorías accionalistas tradicionales para abordar el tema en relación con la sociedad mundial, ya que resulta más factible observar la simultaneidad de las operaciones de los sistemas de protesta en diferentes áreas geográficas –en tanto flujo de comunicaciones– que observar acciones, necesariamente locales en su manifestación, como lo exigen las teorías convencionales. Y quinto, al partir de la unidad de la diferencia sistema-entorno, se libera al estudio de la acción colectiva de una observación unilateral en beneficio de una multiobservación, en la que se estudie no sólo el sistema político, sino también las relaciones del sistema de protesta con el arte, la economía, la ciencia y demás. En efecto, este último es uno de los múltiples entornos (como por ejemplo, el derecho, el arte, la religión, los medios de comunicación, la ciencia, etcétera) en relación con el cual se pueden estudiar los sistemas de protesta.

Hay, sin embargo, algunas salvedades al texto de Estrada Saavedra, de las cuales enumero tres. Por un lado, me parece que el autor comete cierto exceso al decir que la reflexión teórica sobre los movimientos sociales “parece haber llegado a su fin a mediados de los años noventa” (p. 23), cuando en realidad la producción teórica intensa en este tema ha continuado no sólo dentro de los márgenes señalados por las teorías convencionales, sino incluso desde otras trincheras, como la propia teoría de sistemas. Los primeros esbozos sobre una teoría de los movimientos sociales desde la perspectiva sistémica surgen con el propio Luhmann y los investigadores que desarrollan su obra, aunque estos académicos no continuaron con el tema a fondo. Lo anterior deriva, me parece, de una no tan completa exposición de la literatura contemporánea de los movimientos sociales, y el mismo Estrada Saavedra advierte que su sistematización no es exhaustiva, sino que más bien le interesa cómo esos modelos “conciben los movimientos sociales y, sobre todo, con qué presupuestos operan” (p. 27). En todo caso, la reflexión teórica contemporánea sobre el tema es rica y existen buenos ejemplos de ello.

En segundo lugar, en la presentación de los modelos convencionales (en la primera parte del libro) hay una ausencia que me preocupa y que constituye un punto débil de la obra frente a un mercado en el que seguramente tendrá buena recepción: la literatura latinoamericana sobre los movimientos sociales y sus actuales tendencias. Y no sólo me refiero a las Diez tesis acerca de los movimientos sociales (1989), ni a Wallerstein y su sistema mundo, sino que pienso en autores como Raúl Zibechi o Aníbal Quijano, que son teóricos de los movimientos sociales contemporáneos que argumentan la posibilidad de la investigación militante y que tienen un público vasto en la región, dado lo rico de su propuesta teórica. Al respecto considero necesario revisarlos.

Finalmente, después de leer el texto uno se pregunta hasta qué punto un modelo de tal complejidad como el luhmanniano y, sobre todo, con un diseño que responde, sin duda alguna, a sociedades distintas a los contextos mexicano y latinoamericano puede darnos herramientas suficientes para analizar las particularidades en nuestros entornos. Valdría la pena, en este sentido, discutir a partir de la presente obra la especificidad y la diferencia histórico-social de la nación (México) y de la región (América Latina), para clarificar las singularidades de la acción colectiva, así como también para vislumbrar las posibilidades de aplicación de esta propuesta teórica. Entiendo que el objetivo de la ciencia es desarrollar modelos científicos que, como tales, trasciendan los estrechos márgenes nacionales o regionales; sin embargo, creo que el libro ganará mucho en términos de su aceptación si se aborda la discusión de las diferencias regionales. Y esto sólo podrá lograrse una vez que se leyó y se utilizó en la investigación empírica.

* Marco Estrada Saavedra, Sistemas de protesta. Esbozo de un modelo no accionalista para el estudio de los movimientos sociales. México: El Colegio de México, 2015.

** Profesor-investigador, Programa de Política de Drogas (ppd), Centro de Investigación y Docencia Económicas, región Centro. Correo electrónico: edgar.guerra@cide.edu